Días de furia

Por Raúl Zarzuri Cortés (*)

Estos días de octubre hemos vivido lo que podríamos llamar el primer estallido social en nuestro país, en lo que va de la llamada recuperación de la democracia. Habría que señalar que al contrario de lo que ha señalado el presidente Piñera y mucho de sus simpatizantes, no estamos frente a “un enemigo poderoso” que ha entrado en guerra contra el gobierno y contra el país y, que esté coordinando las movilizaciones sociales actuales. Al contrario, estamos frente a movilizaciones que no tienen una conducción, que se han originado espontáneamente, cuestión de suyo interesante, porque precisamente nos muestra que hay una efervescencia política que se está construyendo desde abajo y no desde arriba y que no tiene la mediación de una orgánica o movimiento político que la modele y module como un espacio de negociación.  

Estamos enfrentando uno de los raros momentos de la historia de Chile, en que podemos observar a una política que estaba confinada a los subterráneos emerge como una erupción volcánica, como un magma volcánico, que con una fuerza avasalladora atropella todo lo que encuentra a su paso. Este tipo de manifestaciones, son muy heterogéneas, pero tienen en común una tremenda frustración con la política formal que ha llevado a un sector mayoritario de la población a no poder resolver la producción de su vida en términos dignos.

Lo que afrontamos, es una ola de ira y rabia que se ha transformado en un potente movilizador político. Al son de la indignación que recoge expresiones que a nivel internacional habíamos visto en la llamada primavera árabe, el movimiento indignados y también “occupy wall street”, se han puesto en movimiento una ola de indignación que cual tsunami, ha atravesado toda la epidermis de la sociedad, para reclamar por los bajos sueldos, por las bajas pensiones, por la precariedad en los accesos a la salud, por la continua alza en algunos servicios básicos. La gente ha comenzado a expresar su descontento porque no hay bolsillo ni vida que resista. La consigna ha sido: Indígnate!

¿Cómo llegamos a esto? Una hipótesis

Hay que recordar que la llamada democracia que actualmente vivimos es una democracia que heredamos de la dictadura militar. Una democracia que se construyó «en la medida de lo posible» y que se estructuró en base a la «política de los consensos» pero de unos pocos y no de todos como se debió haber hecho. ¿Cuál fue el logro de esto? La desmovilización social y entender la política como una simple función de administración de las cosas, de competencias por el poder y el establecimiento de relaciones instrumentales y de una lógica tecnocrática, instalándose una política vista como una existencia que fue despojada de todo valor, lo cual supuso la exclusión/expulsión social de la participación y de la ciudadanía. Así, un número significativo de sujetos tuvo que vivir un «exilio político», el cual se sumó a otros «exilios»: económicos, sociales, culturales, entre otros. Entonces, la política quedó reducida a una mínima expresión y desconectada de la vida cotidiana, olvidando un elemento relevante, eso que se llama afectividad vinculante que nutre la vida social.

Muchos podrán decir que es «la democracia que se pudo conseguir», que es una democracia porque se realizaron dos procesos de votación masiva que la validaron: el plebiscito del 88 y la elección presidencial del 89. Se puede estar de acuerdo con eso, pero, habría que señalar que la democracia que se instaló no fue una nueva democracia en sentido estricto, porque fue «la democracia de la dictadura militar», cuya base fue la Constitución de 1980, la cual, a pesar de las modificaciones realizadas, mantiene su impronta no democrática; de una democracia protegida que no tiene como eje un Estado que proteja derechos sociales mínimos. Por lo tanto, las movilizaciones que estamos presenciando, muestran a una ciudadanía que está tratando de re-imaginar, de radicalizar la democracia que tenemos, la cual es solo de mínimos. Entonces la democracia actual, ya no es suficiente.

… las movilizaciones que estamos presenciando, muestran a una ciudadanía que está tratando de re-imaginar, de radicalizar la democracia que tenemos, la cual es solo de mínimos. Entonces la democracia actual, ya no es suficiente. Clic para twitearlo

¿Qué nos muestra esto?

Lo que muestra la actual efervescencia social -y aquí retomo cosas que ya he señalado en años anteriores- es la fractura de carácter tectónica que tenemos como sociedad que nos muestra que la cohesión social, un bien preciado, ha comenzado a desmoronarse. Nos muestra un país fracturado que ha comenzado un cierto proceso de descomposición, lento, pero proceso, al fin y al cabo, en el cual muchos miembros de ese cuerpo se desprenden, se separan, y la tendencia es a intentar coserlos al cuerpo a como dé lugar, construyendo una fisonomía a lo Frankenstein. Donde muchos se hacen los sordos y ciegos, a pesar de los diagnósticos con que se cuenta, a entender que el cuerpo actual no aguanta más; no son posibles más suturas e injertos.

Así, las cirugías cosméticas han llegado a su fin. Tenemos que avanzar a cirugías mayores, que precisamente puedan detener la descomposición. Necesitamos que, de una vez por todas, se tome el toro por las astas, y que se asuma que se necesitan políticas más radicales para intentar mitigar algunas de las necesidades más sentidas por la población. Sabemos que no existen los recursos que permitan de un golpe brindar una solución general, pero es necesario avanzar urgentemente en resolver situaciones de exclusión y desigualdad social que estamos viviendo. Y eso es responsabilidad de la clase política. ¿Darán el ancho? Ese es el problema, porque nuestra clase política solo se mira el ombligo y busca a toda costa su perpetuidad en espacios de poder. No están conectados con la vida cotidiana.

¿Cómo podemos solucionar esto?

La falta de cohesión supone que avancemos en la construcción de un nuevo pacto social como sociedad. Pero esto no debe ser un pacto de unos pocos, como fue la negociación de la transición, que, en mi opinión, ha provocado la actual situación en la que nos encontramos, al no modificar el entramado institucional que se heredó de la dictadura. Un entramado que salvaguardaba el bien de los privados por sobre el bien común. Necesitamos un nuevo entramado institucional, una nueva constitución.

Necesitamos un nuevo pacto social que debe ir más allá del gobierno, de los políticos y los partidos políticos actuales. Debe incluir a la ciudadanía, a las organizaciones sociales. Nos debe incluir a todos. Nadie puede quedar… Clic para twitearlo

Si no se llega a acuerdos, para modificar los mínimos que tenemos, o sea, que realmente se enfrente las desigualdades sociales existentes, vamos a enfrentar nuevos estallidos sociales con situaciones de violencia episódica sobre la cual no hay ningún control. Y es precisamente lo que tenemos que evitar.

De no mediar estos acuerdos, una larga noche se dejará caer y la suma de todos nuestros miedos se hará realidad.


(*)
Sociólogo, Profesor de la Escuela de Sociología

shares