Analizando la explosión ciudadana

Raúl Zarzuri

Quizás no es el mejor ejemplo, me han dicho algunos amigos/as, cuando les he comentado que lo que se viene a mi cabeza con estas movilizaciones, que comenzaron nuevamente los jóvenes (secundarios otra vez), es la llamada “primavera árabe”, el 15M español o el movimiento “Occupy wall street”.

Independientemente de cómo terminaron estas movilizaciones, hay que señalar que lo que estamos observando es más que una protesta coyuntural que justamente es lo que se observó en esas movilizaciones. Es una ola o ciclo que se ha lanzado cual torpedo directamente en la línea de flotación del sistema y de la sociedad que se había construido, y que se adjetivaba como un modelo exitoso, un paraíso, un oasis entre otros conceptos. Y esto es muy relevante: se está atacando el sistema completo y no una parte de él, como se venía realizando.

La razón de esto es que estamos en presencia de una crisis que se ha instalado en el nivel de la vida cotidiana de los individuos, la cual es un mundo extremadamente vital, porque precisamente es en ella donde se produce y se reproduce la vida material y simbólica de todos nosotros y que nos entrega sentido. Cuando esta se ve afectada, como es lo que ha ocurrido en el país a lo largo de todos estos años, debido a los bajos sueldos, las bajas pensiones, la precariedad en los accesos a la salud entre muchas otras cosas, la vida cotidiana se rebela y adquiere una productividad política que puede ser un potente detonante de acciones políticas. Eso lo saben quiénes estudian los movimientos sociales o acciones políticas de nuevo cuño.

Si se analiza la explosión actual, se observa que han confluido una multiplicidad de indignaciones, de pequeñas indignaciones, que estaban circulando desde hace tiempo. Han originado en un gran movimiento de indignación que recoge un llamado que Stéphane Hessel había lanzado hace tiempo: “¡Indígnate!”, porque “la indiferencia es la peor de las actitudes”. Precisamente, esto último, luchar contra la indiferencia que viven vastos sectores de nuestro país, ha hecho que otros, que no tienen problemas en la producción de esa vida cotidiana, se hayan sumado y sean parte del actual movimiento. Esto nos muestra que estamos frente a una “máquina de lucha”, en la cual convergen una múltiplicidad de deseos y afectos que se unen, y lo más interesante, sin que se suprima lo diverso o lo heterogéneo de los intereses.

Dentro de la indignación, podemos encontrar uno de los más poderosos movilizadores de la política actual: la ira, la rabia. Es precisamente este tipo de emociones es lo que está movilizando a los miles de personas en las manifestaciones actuales y que expresan un sentimiento de frustración mayoritario: la falta de reconocimiento por las preocupaciones de los ciudadanos. La novedad, es que nos muestra que la política actual se está moviendo por cuestiones afectivas; constituyendo una “nebulosa afectual” que aglutina y moviliza

Por otro lado, las movilizaciones de esta llamada “primavera ciudadana” muestra que estamos en presencia de una transformación de la acción política que se manifiesta por ejemplo en la ocupación permanente del espacio público como una reivindicación de la autonomía y la recuperación de espacios o las acciones carnavalescas de reminiscencias tribales. Emerge una política que había estado confinada en los subterráneos y que ahora ha emergido cual tornado y cuya característica principal es la falta de conducción política, lo que está demostrando el estado actual de la política en Chile. Lo espontaneo de las movilizaciones, porque nadie en su sano juicio puede decir que esto responde a una acción concertada, muestran precisamente esa falta de conducción. Estamos frente a una efervescencia política que tiene la característica de que se ha ido construyendo desde abajo y no desde arriba y que no tiene la mediación de algún tipo de orgánica o movimiento político.

Las movilizaciones nos muestran la crisis de nuestra actual democracia, la democracia representativa. El modelo no se puede solo sustentar en ir a votar cada cuatro años (que la llamaré democracia de mínimos) como si eso es la única forma de participar y despreocuparse del bien común. Así, una democracia real, es la que se preocupa del bienestar de sus ciudadanos, cuestión que hoy no estaría ocurriendo, porque precisamente ella, en opinión de la mayoría de la ciudadanía, se encuentra “secuestrada” por una política y políticos que no están conectados con la vida cotidiana (las preocupaciones de la ciudadanía) y por los empresarios que son dueños de los sistema de pensiones, de salud, del agua y un gran etcétera, que no permiten la reproducción de la vida cotidiana. Demás está decir que esto está avalado por un entramado constitucional que proviene de la dictadura. Por lo tanto, se debe avanzar a una nueva constitución que salvaguarde derechos básicos.

Cierro señalando que estamos enfrentando un momento histórico para Chile, que ha desnudado las grandes diferencias sociales existentes que atentan con la construcción de un tipo de cohesión social sólida y que permita que el cuerpo social se mantenga unido.

Dependiendo de cómo se resuelva lo que estamos viviendo, quizás, solo quizás, estaremos frente al término del proceso de “transición a la democracia”. Esto debería ir acompañado con una reconfiguración del actual paisaje político.

Por último, algo no menor que no puedo tocar en esta columna, es el tema de las expresiones de violencia que se han manifestado en estas movilizaciones. Señalo que es un tema que no debemos rehuir, pero que supone un análisis de mucho mayor profundidad. No basta los análisis periodísticos o fáciles que muestran que estamos frente a violencias de vándalos o de lumpen. Hay algo que se ha construido en ciertos sectores que han estado segregados, pauperizados, casi sin presencia del Estado, sobre lo cual, no tenemos datos y que es necesario indagar.

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